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Ana González Ledesma
Siempre que conversamos entre amigos sobre la belleza de manera abstracta, el concepto se vuelve escurridizo, se nos escapa de las manos, queremos enunciar una definición exacta y objetiva, válida para todo el mundo, pero, al final, terminamos concluyendo que la belleza es relativa. Para gusto, los colores, ya lo dice la sabiduría popular. No obstante, cuando pensamos en ideales de belleza, ya de una manera más concreta, algunas obras de arte, que pueblan buena parte de nuestro subconsciente colectivo, afloran lentamente a la conversación como ejemplos objetivos, convencionales, aceptados por todo el mundo, de belleza. El David del Miguel Ángel, la Venus de Boticelli, son obras de arte que, para los expertos en el tema, han ido materializando a lo largo del tiempo nuestro concepto de lo bello siguiendo los principios formales de paridad, simetría, regularidad y equilibrio. El canon de belleza griego, heredado más tarde por el humanista del Renacimiento, persiste con fuerza aún en estos días. Pareciera como si el hecho de que sobreviva en el tiempo lo convirtiera en universal. Nada le gustaría más a un científico que encontrar las leyes de la belleza o, dicho en jerga académica, encontrar los esquemas cognitivos universales que nos predisponen a tomar decisiones respecto de la belleza de lo percibido, independientemente del fenotipo y de la cultura. Nada les gustaría más también a nuestros queridos científicos que dichos parámetros coincidieran con los que el canon prescribe. Si esto fuera así, se podría hacer un programa para que un robot emitiera juicios de belleza sobre los inputs o entradas de datos. Se podría implementar en la Inteligencia Artificial el concepto de belleza procedente del canon estético. Pero, en este punto de la ciencia ficción, la pregunta es obligada, ¿es el concepto de belleza universal y representativo? ¿Dónde está la democracia en el Pin-up?
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